lunes 1 de febrero de 2010

Anton Chejov, un siglo y medio después


Se cumplió ayer un siglo y medio del nacimiento, en Taganrog (Ucrania), de Antón Pavlovich Chéjov, el gran renovador, junto con el noruego Henrik Ibsen, del teatro occidental a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Su huella perdura hasta hoy: no hay en la dramaturgia contemporánea, aun en las vanguardias más osadas, novedad que no se remita, de algún modo, al teatro de Chéjov, desde la comicidad más delirante hasta la tragedia más desgarradora. Y todo eso, sin aspavientos ni gritos, ni ademanes enfáticos: sus primeros espectadores le reprochaban, justamente, que en sus obras "no pasaba nada"... El mismo lo explica, con la sencillez con que formula toda su estética: "Es preciso hacer una obra donde la gente entre y salga, coma, hable del tiempo, juegue a las cartas (?) La gente come, no hace otra cosa que comer; pero mientras tanto se van forjando sus destinos dichosos, o se van destruyendo sus vidas".
Vida: palabra clave en la obra de Chéjov. La vida con sus luces y sus sombras, sus efímeras felicidades y sus agobiantes tristezas. Médico de profesión, supo él muy bien de qué manera esos extremos se entrelazan y se intercambian sin cesar, y cuán poco consciente de ese juego eterno es la mayoría de la humanidad, en apariencia ocupada tan sólo de sus negocios y sus amoríos. De ahí el alternarse, en toda su obra, tanto en los admirables cuentos (donde introduce por primera vez el concepto de final abierto) como en el teatro, de la ternura y la crueldad, la compasión y la crudeza. El espectador puede reírse, en buena ley, del humor en sus pasos de comedia ( El oso, El pedido de mano ), pero no se le oculta el trasfondo crítico de la decadente sociedad rusa de su tiempo. Así como las existencias frustradas de los protagonistas de Tres hermanas, El jardín de los cerezos o Tío Vania , no están exentas de rasgos humorísticos o ridículos.
Desde 1898, con el triunfo de La gaviota , en el comienzo de la estrecha colaboración de Chéjov con Constantin Stanislavsky y su Teatro de Arte de Moscú, se plantea la duda sobre quién es el verdadero creador de la dramaturgia "chejoviana" y su particular tendencia a la melancolía. El autor pretendía que sus obras eran comedias: ¿el director impuso a la fuerza su criterio opuesto? La polémica continúa, pero en estos últimos años se ha descubierto, compulsando cartas y documentos de la época, que Stanislavsky no sintió al comienzo ningún interés por la obra de Chéjov, y que fue su socio en el Teatro de Arte, Nemirovich-Danchenko, quien lo defendió e insistió en que se lo representara.
Antón Pavlovich, víctima de la tuberculosis, que en la época era incurable, murió en el balneario alemán de Badenweiler, en la Selva Negra, el 15 de julio de 1904, a los 44 años de edad, asistido por su mujer, la actriz Olga Knipper, y el doctor Schwörer. Los tres brindaron, pocas horas antes del fin, con champagne: "Hace tanto tiempo que no lo tomo", declaró Chéjov, acariciando una de las tres rosas amarillas que también había mandado traer del jardín, para festejar una aparente mejoría.

Opinión
Anton Chejov, un siglo y medio después
Por Ernesto Schoo
La Nacion 30 ene 10

viernes 29 de enero de 2010

MUNDO LOCO: No sos vos, París, soy yo...


Laura López Moyano. Actriz, protagoniza "Ala de criados".

Cuando salí de Buenos Aires el 18 de diciembre rumbo a París, no imaginé que mi visita a Francia tendría tantos contratiempos. Seguro que la culpa de todo la tuvo el personaje que me toca interpretar en la obra "Ala de criados", de Kartún. Es que mi personaje reniega del idioma francés, dice que "el francés es un cornetín de tranvía", no soporta la música de esa lengua. Llegué ilusionada a Francia tras un tormentoso viaje en avión -con gritos alarmistas de los pasajeros- y corrí, entre la nieve, a visitar el Louvre. Imposible: 5 cuadras de cola. Decidí, entonces, tener mi foto junto a la Torre Eiffel. Pero cuando hice clic, la cámara indicó que no tenía baterías. La cena de Navidad, con la familia de un amigo francés en la ciudad de Le Havre, Normandía, colmó mi capacidad de escuchar francés. Después de dos horas de atender a toda la parentela hablando un francés cerrado, entre porciones de torta y champán, esforzándome por poner cara de entendimiento e interés, corrí a encerrarme media hora en el baño para descansar mis oídos de tanto idioma ajeno. La odisea francesa culminó el 31 de diciembre. Me habían prestado un departamento en París, cuarto piso por escalera, y mis amigos me esperaban para cenar y recibir el 2010 en un restaurante. A las 10 de la noche, vestida para celebrar, me quedé encerrada en el pasillo de ingreso al edificio que, por la lluvia, tenía su puerta de madera hinchada por la humedad.
Viajes y turismoo Clarin 24 ene 10

martes 12 de enero de 2010

CONFIESO QUE HE VIAJADO: Vuelvo a Berlín, vuelvo a Berlín...

Seducido por la atmósfera cultural de la capital alemana y el río que le imprime su ritmo, evoca en estas líneas la primera de diez visitas que confirman una saludable "adicción".

Alejandro Tantanian
Director de teatro. Estrenará, en Alemania, La ópera de tres centavos, de Bertolt Brecht.

Mi primer viaje a Europa fue a los 29 años, después de una buena temporada en el Cervantes que me permitió juntar la plata para el pasaje. Con el plan de ir a Berlín me encontré con una amiga en Ginebra y partimos en tren, sin reserva de hotel. Yo ignoraba todo, pero sabía que teníamos que bajarnos en Fridinstrasen, una estación en la antigua zona este de la Alemania recién unificada, llena de monumentos y lugares interesantes.

Llegamos de noche. Era la nada: todo oscuro y vacío. Cansados y abrumados, dimos con un hotel muy antiguo, señorial y carísimo, que nos alojó esa noche. A la mañana fuimos a Zoo -la estación anterior a Fridinstrasen- y allí encontramos una pensión acorde con nuestro presupuesto, pero en el medio del capitalismo más convencional. Fue así que todas las noches nos la pasamos regresando al Este que no habíamos podido descubrir al llegar.

A la vuelta del hotel señorial estaba el Tachele, una casa antigua tomada por squatters y devenida en Centro Cultural con fiestas temáticas, cada día con una escenografía diferente. Fuimos al Berliner Ensamble, el mítico teatro de Bertolt Brecht. La actividad allí está subsidiada por el Estado y la producción es tan inmensa que cambian permanentemente de obra. En "El escenario del Pueblo", un teatro paradigmático, de vanguardia y resistencia proletaria creado por los socialistas -a pasos del Rosa Luxemburg Platz-, vimos una extraordinaria "La buena persona de Se Zuán" la célebre obra de Brecht, con el debut de Sophie Rois. La sala estaba atiborrada de gente, en su mayoría jóvenes, que coreaban a viva voz las letras de las canciones; nunca había visto una interpretación tan conmovedora.

En esa zona, los lugares interesantes están uno al lado del otro. Hay montones de barcitos y por todos lados Imbiss donde se come kebab con yogur, al paso y todo por unos centavos.

Berlín es una ciudad sumamente amigable, con mucho movimiento, pero a su vez poco metropolitana. Pese a ser una ciudad densa en lo político y lo cultural, lo es con una adaptación provinciana. Allí todavía se camina lento y se mira al río. La Isla de los Museos, abrazada por el Spree, es imperdible. Me gustan las ciudades así, atravesadas por ríos; tienen algo que permanece, pero el agua que fluye propicia pensamientos de cambio.Berlín no es como París, cuyo esplendor te entra por los ojos; Berlín es ancha y en forma de rizoma hacia los costados; es laberíntica y hay que descubrirla. No se te viene encima. Las veredas son generosas para caminar y con una arquitectura donde las expresiones de la Bauhaus quitan el aliento. También el Postdamer Platz -otra vez la vanguardia en la zona Este- con sus edificios corporativos que parecen la maqueta de una ciudad futurista y forman un conglomerado de torres de cristal que apuntan al cielo. Para ver sus techos transparentes hay que tirarse al suelo.

Así fue mi primera vez en Berlín. Duró diez días y me fascinó tanto que en muy poquito voy a hacer mi décimo regreso. ¡Por algo será!
Viajes y Turismo Clarin 10 ene 10

sábado 9 de enero de 2010

El chico que amaba a Greta Garbo

Su padre le había dado un bofetón por haber elegido a Bette Davis, y muchos años después la tenía enfrente, borracha e histérica, bajando en ascensor y hostigando a una amiga que la había acompañado al programa de Johnny Carson. "Qué pena ver a una reina en este estado ?pensó Jacinto Pérez Heredia mientras bajaba con ella?. ¿Y por esta mujer estuve peleado tantos años con papá?"
No era ésa la verdadera razón: en Coronel Suárez, un vasco orgulloso no podía creer que su hijo no quisiera ser contador de una cooperativa agrícola y que eligiera la vida del actor. Y tampoco lograba digerir que se escapara a la matiné, pero que eludiera las películas de guerra y los westerns para seguir a Bette Davis y a Greta Garbo.
No imaginaba ese vasco que al darlo por perdido había perdido efectivamente a su hijo, ni que ese muchacho viajaría con los años a Estados Unidos y que se convertiría después en uno de los grandes fabricantes de ficción de la Argentina.
Jacinto es el creador de El amor tiene cara de mujer, que desmayaba de pasión a Cristina Kirchner en su adolescencia, y de Situación límite, que sacudió la televisión pobre en épocas de Raúl Alfonsín.
Un productor que tuvo todo y se quedó con casi nada. Otro pensionado de la Casa del Teatro: 82 años, apostura de galán de los 50, voz de locutor y mirada aguileña.
Pérez Heredia está fumando a escondidas y empieza por contarme que se fue de aquel pueblo en tren, con una valija de cartón, y que se hospedó en una estrecha pensión de la calle Juncal. Así empezó el largo viaje del hombre que amaba a la Garbo y que un día la siguió por las calles neoyorquinas y le consiguió un taxi.
Pero mucho antes Jacinto no era en Buenos Aires más que un aspirante al conservatorio de artes dramáticas y a un puesto en una marroquinería, donde ascendió con cierta rapidez y donde tuvo que optar entre la gerencia y la actuación. Eligió a la fuerza parar la olla, pero se metió en un grupo de teatro independiente donde conoció a Blackie. También a Norberto, un escenógrafo de quien se hizo íntimo amigo. Cuando Blackie quedó a cargo de la dirección artística de Canal 7 los invitó a trabajar con ella. Jacinto cerraba la marroquinería y por las tardes ayudaba ad honorem en esa usina de sueños, donde Olmedo era un simple camarógrafo y todos parecían ser buscavidas felices.
La Revolución Libertadora cambió ese estado de gracia, y Jacinto siguió a Norberto hasta Bogotá, donde la televisión vivía su apogeo. Fue en ese lugar donde Pérez Heredia aprendió el oficio de la escenografía, se asentó en el mundo del espectáculo y gozó de las mieles de la dicha plena.
Pero la dicha plena no existe. La madre de Norberto se embarcó hacia Colombia para constatar los progresos de su hijo. Pero como el buque venía demorado, Norberto le dejó en Puerto Buenaventura una carta en la que decía que debía tomar un avión y regresar con urgencia al trabajo: tenía tres programas en el aire.
* * *
El avión cayó en lo más profundo de la selva y murieron todos carbonizados. Desesperado, Jacinto viajó a toda prisa para atajar a la madre de Norberto. Llegó con el remise justo cuando ella venía con la carta en la mano. Traía en el rostro una débil duda. Ya conocía la noticia, pero no sabía con certeza absoluta que se trataba del mismo avión. Se miraron a los ojos. "Lolita, espere un momentito", dijo Jacinto. La madre de Norberto comprendió todo en un segundo y comenzó a gritar. Corrió y corrió, y tuvieron que perseguirla y reducirla en el piso, entre llantos desgarradores.
Jacinto heredó el trabajo de su amigo. Y después, cansado de ese escenario dramático, regresó al país e ingresó en la agencia de publicidad Walter Thompson. Al tiempo pidió su traslado a la casa matriz de Nueva York. Una pitonisa le había tirado las cartas y le había augurado un episodio falsamente grave. "Cuando cumpla 35 años lo van a operar en Nueva York, pero no se asuste", le advirtió en tono enigmático. El traslado no terminaba de concretarse, y entonces Jacinto se largó igual.
Llegó a la Gran Manzana y fue a ver a unos bagayeros de la camisa Manhattan, y consiguió un conchabo en esos menesteres. Hasta que finalmente Walter Thompson entró en razones, y su director le encargó tareas de espionaje.
Tenía que instalarse en un subsuelo y filmar con una cámara de 16 milímetros los programas y las series para verificar si colocaban bien los avisos propios y qué avisos ajenos ponía la competencia. Luego se hizo una vacante en la supervisión de la televisión en vivo y Pérez Heredia se sentó en un palco vidriado cada noche a seguir de cerca el Tonight Show de Carson, por donde desfilaban las grandes estrellas que él había visto en el cine de Coronel Suárez.
Bette Davis había ido a hablar de su célebre Baby Jane, y luego se había marchado, alcoholizada y furiosa, pegándole carterazos y llamando "perra" a su amiga. Esa noche Jacinto llegó caminando a su casa, se tomó un whisky mirando el Empire State y se quedó pensando largamente en su padre, aquel vasco lejano que guardaba en secreto sus fotos pero que seguía siéndole esquivo.
* * *
Otro día se encontró con Greta Garbo en la 52. Estaba ya retirada e irreconocible, pero su admirador número uno la reconoció y se quedó sin habla. Era alta, flaca y tenía un andar masculino. Nadie la saludaba en las calles de Nueva York. Jacinto la vio acariciando un perro, y otra vez cerca de un cine de la 50 donde daban una retrospectiva sobre su obra: había una cola para entrar y la Garbo, casi embozada, miraba desde la acera de enfrente cada una de las caras de esa fila.
Localizada en esos rectángulos de la ciudad, el argentino la buscaba siempre con los ojos. Durante un feriado, la descubrió en una cortada llamada Sutton Place. A las dos de la tarde, "la Divina" surgió de la nada con dos asistentes. Ella, como una aristócrata, se quedó un poco atrás mientras los otros dos se empeñaban vanamente en buscarle un coche.
Pérez Heredia se adelantó y se dio vuelta un momento para mirarle la cara arrugada, los ojos azules y relampagueantes. Con esos ojos pareció decirle: "¿Y vos qué mirás, boludo?" Pero Jacinto se volvió de nuevo y divisó en la corriente de autos un taxi, corrió y lo atrapó, y ya triunfante le abrió la puerta a la Garbo y le dijo: "Es para usted, madame ". Los ojos azules sonrieron: " Thanks very much -le respondió con su voz legendaria-. You are very kind ". Se sentó y le tiró un beso desde la ventanilla.
Ese día Jacinto detectó que faltaba un comercial de L&M en el primer corte de un programa de la NBC y le dieron un ascenso. Garbo era un talismán.
Con mirada de pueblerino asistió a la conmoción por el asesinato de Kennedy y luego a la extraña ejecución de Lee Harvey Oswald. Presenció el nacimiento de una estrella: Barbra Streisand. Y terminó en un quirófano del Manhattan Hospital.
Tenía un tremendo dolor intestinal y mientras lo llevaban en la camilla de las angustias miró un reloj en la pared y descubrió el fantasmagórico rostro de la pitonisa. Jacinto tenía 35 años, y aunque aquél parecía un asunto grave, no lo era. Esa certeza lo tranquilizó por completo: sabía con las tripas que la realidad no se atrevería a refutar al tarot. Y no lo hizo.
Regresó a la Argentina a fines de 1963 porque existía la idea de realizar un teleteatro patrocinado por las cremas Pons, con libros de Nené Cascallar y con Iris Láinez y Angélica López Gamio. Una historia de mujeres en una boutique: Alba y Bárbara Mujica, Claudia Lapacó, Delfi de Ortega, Rodolfo Bebán.
Jacinto se convirtió en productor de "El amor tiene cara de mujer", discutió el título y las escenas con Nené, que era una mujer difícil, y al cabo de dos años aceptó un cargo operativo en Proartel. Era la época de Goar Mestre, y el chico de Coronel Suárez tenía que importar culebrones cubanos y actrices que estaban exiliadas en Miami, y readaptar esos programas para la televisión argentina.
De pronto, era un productor a gran escala: "Yo compro esa mujer", "Estrellita, esa pobre campesina". Amores cursis para la tarde, con beldades y galanes de primera rodeados de grandes actrices, como Mecha Ortiz. Y también un magazine en vivo: "Gran Hotel Carrusel", donde cantaban desde Raphael hasta Gigliola Cinquetti.
Hizo debutar a Susana Giménez, que venía del shock! , rodeada de Federico Luppi y Arnaldo André, y de una uruguaya que en el primer programa hacía de madre alcohólica y que nadie conocía en estos barrios: China Zorrilla. Susana no se quejaba de las exigencias, era sencilla y trabajadora, y Jacinto le tomó una simpatía inmediata.
Sus telenovelas paralizaban al país, y él estrenaba todos los meses un traje y se sentaba a la mesa de las grandes decisiones con Blackie, Stivel, Mancera, Raymond y Moser. Pero no frecuentaba el ambiente, se mantenía alejado, envuelto en misterio.
Un día de esos le presentaron a Tita Merello y le pidieron que produjera su programa. Fue el comienzo de una tormentosa amistad que duró veinticinco años. Tita era celosa, apasionada, generosa, posesiva, cambiante, cariñosa, autoritaria. Y Jacinto se peleó y reconcilió con ella mientras presenciaba escenas inolvidables. La morocha del Abasto había peleado en la calle, y era a la vez una representante de la Argentina plebeya y una dama refinada y perspicaz.
Una noche Merello le contó que venía caminando por la calle y que se había quedado mirando a Mecha Ortiz, esa otra deidad majestuosa, que comía con Florencio Parravicini en una mesa de un restaurante. Tita era la contracara de aquel glamour, y se quedó un rato embobada, estudiándole los movimientos, leyéndole los labios a la Garbo argentina, que cenaba sin mirar hacia afuera, junto al vidrio de la ventana, como en una pecera de sirenas, espejismos y monstruos.
Con Tita tuvieron una relación de amores y odios, fueron amigos y hermanos, y de ella Jacinto aprendió que a veces conviene ponerse una vez colorado y no cien veces amarillo. En ocasiones comían juntos los domingos: lo obligaba luego a lavar los platos mientras ella se sentaba a contemplarlo. Al final, invariablemente, le ordenaba: "Vení para acá, sentate y fumate un pucho".
* * *
En uno de esos días de climas inestables la morocha lo llamó cuando apenas él llegó a casa. "¿Qué hacías?", le preguntó. "Leo un libro", le contestó. "Ah, preferís un libro a la Merello". Pérez Heredia se impacientó: "¿Para qué me llama?" Tita preguntó: "¿Vos conocés la confitería del Hotel Lancaster?" Jacinto tuvo que vestirse de nuevo y llevarla a tomar el té. Mientras lo hacían, una cosa llevó a la otra, y de pronto Tita le contó que de chica un tío suyo la había violado. Lloraba casi a los gritos, y en la confitería todos la miraban.
En su recta final, Tita acentuó sus rabietas y su antiguo productor perdió la paciencia. Se dejaron de hablar un largo tiempo. Pero la Merello se internó en la Clínica Favaloro y dos años después de haber cortado relaciones le pidió que fuera a almorzar con ella. "Hola, Tita", la saludó. "Sentate", le ordenó ella. E hizo entrar a una mucama con una bandeja. "Permiso", dijo la mucama. "¡Salí del medio! -le gritó Tita a Jacinto-. ¿No te das cuenta de que estás molestando?" Pérez Heredia le advirtió: "Si me vuelve a gritar me voy". La Merello miró hacia otro lado: "Andate". Y se fue.
El 24 de diciembre de 2002, a los 98 años, Tita entró en la inmortalidad, y Jacinto, sin haberse reconciliado, la lloró sin llanto en su casa. Ya había muerto su padre, aquel vasco cabeza dura que veía en secreto las fotos de su hijo exitoso, pero que nunca había logrado vencer la barrera del pudor y del orgullo.
En 1976, cansado de sí mismo, Pérez Heredia había abandonado la televisión. Estaba haciendo "Alguien como usted" con Irma Roy, y llegaba la dictadura militar. Tenía dinero, pero era un gastador compulsivo. Se dio la gran vida desconociendo por completo el verbo "ahorrar". Gastaba en ropa, restaurantes, amigos. Después manejó un teatro y en 1980 volvió a ATC con especiales mensuales basados en clásicos de la literatura. Más tarde inventó "Situación límite": los grandes actores se peleaban para representar sus papeles. Gustavo Yankelevich le decía, y le dice, "maestro".
* * *
No quiere olvidarse de Mona Maris. Fuma otro cigarrillo y recuerda: "Goar Mestre me llamó para decirme que había conocido a una actriz argentina que regresaba al país y que quería conocer los secretos de la televisión por dentro". Mona había actuado en Cuesta abajo para la Paramount con Carlos Gardel y, dentro del imaginario popular, era la novia del Mudo. Pero se trataba de otra hija de vascos que había actuado en Europa y en Hollywood, y que era una mujer exquisita.
Volvía de un fracaso matrimonial y no se atrevía a actuar en la Argentina. Rápidamente se hizo amiga inseparable de Jacinto, visitó Coronel Suárez y conoció a su madre, y tuvieron décadas de confidencias y solidaridad. Murió en 1991, y cuando se abrió el testamento, Pérez Heredia descubrió con sorpresa que le había dejado una herencia de cien mil dólares.
Hizo dos cosas con esa fortuna. Primero se fue a Coronel Suárez y la repartió entre sobrinos y amigos, y le compró a su mamá varios regalos caros. Y después puso un maxiquiosco, pero rápidamente se fundió. Tuvo que achicarse por primera vez en su vida.
A mediados de la década menemista, cuando Madonna merodeaba la Casa Rosada, Susana Giménez reapareció con la idea de interpretar a Evita en una miniserie. Le pidió que la acompañara a ver a alguien que Jacinto ya había visitado dos veces: el cura Hernán Benítez, confesor de la esposa de Perón. Pérez Heredia recordaba el rencor que le había tenido a la "abanderada de los humildes", el modo en que había festejado la caída del peronismo y también cómo aquel día de septiembre de 1955 había pisoteado las fotos de esa mujer en Plaza de Mayo.
Benítez los recibió en una casa quinta. Susana iba vestida toda de negro, con el pelo recogido y tirante. "Tú eres Evita", le dijo el cura al verla aparecer. Jacinto los dejó a solas cuarenta y cinco minutos. Cuando regresaron a Buenos Aires, Susana no habló una sola palabra. Sólo le dijo, distraídamente: "¿Te están pagando, Jacinto?" Pérez Heredia le confirmó que sí. Se despidieron con ternura, pero había en la mirada de Susana un velo inexplicable. "No lo va a hacer -les dijo Jacinto a los productores-. Susana no va a hacer de Evita en esta miniserie. Me lo dice el olfato."
El olfato tampoco le falló. Más tarde, sin un cobre, el todopoderoso productor de televisión recurría a la Casa del Teatro para refugiarse de sus imprevisiones económicas.
El año pasado, Cristina Kirchner asistió a ese refugio de viejas glorias para anunciar valiosas remodelaciones y ayudas, y confesó delante de todos los presentes su admiración por Jacinto. "Me acuerdo de todos los personajes de «El amor tiene cara de mujer»", dijo la Presidenta, y comenzó a hablar en detalle de la telenovela. Junto con Nacha Guevara estuvo en su cuarto y revisó las fotos que Pérez Heredia tenía en la pared.
Cristina se sorprendió al encontrar una imagen de Evita y luego el libro Los últimos días de Eva, de Nelson Castro, un periodista poco querido por los Kirchner. "Ah, sí -dijo Cristina-. Nelson hizo una muy buena investigación." Jacinto le confesó que se había vuelto un estudioso de Eva y que se arrepentía de haberla despreciado con aquella ferocidad, y de haberla difamado. "¿Puedo abrazarlo?", le dijo la Presidenta. "Si el protocolo lo permite", respondió Jacinto. Me jura que Cristina temblaba.
Después, una prima de Pérez Heredia le preguntó, completamente indignada, por qué había dejado entrar a Cristina en su habitación. "No hagamos lo mismo que hicimos con Evita", le respondió Jacinto, que odia con sus últimas fuerzas el odio.
Caminamos juntos unos metros. El pibe de Coronel Suárez es un venerable caballero argentino: lleva saco y corbata y saluda ceremoniosa e innecesariamente a desconocidos, como un actor que baja del escenario a estrechar la mano del público. Bette, Eva, Tita, Garbo, Mecha, Mona y tantas otras divas de aquel cine de pueblo donde se gestó su largo periplo lo envuelven todavía con sus auras lujosas.
El personaje JACINTO PEREZ HEREDIA
Un productor legendario de sueños
Quién es: nació en Coronel Suárez, trabajó en Walter Thompson y conoció en los Estados Unidos a las grandes estrellas. De regreso en la Argentina se transformó en un productor de telenovelas exitosas. Fue amigo y confidente de Tita Merello y Mona Maris.
Qué hizo: creó, de la mano de Edie Williams, "El amor tiene cara de mujer". También, otros grandes éxitos románticos como "Yo compro esa mujer", "Estrellita, esa pobre campesina", "Alguien como usted" y "Situación límite".
Qué le ocurrió: fue un gastador compulsivo y terminó viviendo en la Casa del Teatro. Hoy analiza realizar micros para radio contando grandes anécdotas del mundo del espectáculo.

Historias con nombre y apellido
El chico que amaba a Greta Garbo
Jorge Fernández Díaz LA NACION 9 ene 10

lunes 28 de diciembre de 2009

SUEÑO CUMPLIDO: Enrique Pinti

Enrique Pinti
En letras de neón. Desde chico soñaba con ver su nombre en las marquesinas de la calle Corrientes. Costó, pero llegó.

Todo en mi vida es onírico. Yo sueño en colores desde que era muy chiquito. En mi casa solían desconfiar, y a veces hasta sospechaban que eran inventos." Enrique Pinti admite que la mayoría de sus sueños, sino todos, eran disparatados, pero resalta que "siempre estuvieron orientados a la profesión".
Es que la vocación estaba desde el principio. "A los seis vi una película y dije que quería estar allí", cuenta. Y enseguida arrastra hasta el presente los carnavales de su infancia, y las ganas truncas de ser vestir el disfraz de mosquetero que promocionaba Casa La mota (Donde se viste Carlota), en la contratapa del Billiken, y que su mamá jamás le compró.
"A mí me disfrazaron de gaucho, de holandés, de pirata, de todo lo que no me gustaba, pero de mosquetero, nunca. También quise disfrazarme de zorro, pero tampoco. Y a mi hermano, hijo de mil..., se lo dieron. Eso sí, me gustaba el bailarín ruso, con el gorro, las botas blancas. Tengo la foto, a los cinco, parado así, con la boca abierta, con el taco clavado en el piso", detalla. Y dice que supone que sacó el modelo de los títeres de Podrecca, que llenaban las salas porteñas con títulos como El carnaval de Venecia o La estepa rusa.
Al final, la oportunidad de probar suerte llegó. "En 1955, el Diario Democracia publicó una convocatoria de adolescentes para el elenco juvenil de lo que iba a ser el Teatro San Martín. Era un agosto de calor. Yo quería impresionar, y como en casa el vestuario era limitado fui con el pantalón de franela gris del colegio y me puse un sobretodo marrón, cruzado y con una martingala atrás, cuello y corbata".
"Había elegido un parlamento de un melodrama portugués, que se llamaba Fray Luis de Sousa, del Vizconde de Almeida Garret, que no lo conocía ni Dios y que empezaba con la frase 'Los vómitos de sangre. ' Empecé a hacer una cosa melodramática, caí de rodillas, y como tenía el sobretodo cruzado, abrochado, cuando llegué a esa parte me dí cuenta de que no me podía mover y de que eso era un desastre.", relata. Una pesadilla. Pero lo aceptaron. Aunque enseguida, otra pesadilla, llamada Revolución Libertadora, abortaría el proyecto.
Con el sueño recurrente de las luces de Hollywood, el joven Enrique fue por más. "En Radiolandia leí que buscaban chicas y chicos jóvenes para una película que se llamaría Destinos", recuerda. Pioneros del casting engañoso, los "productores" exigían un dinero que el papá de Enrique aceptó aportar. "Lloré, hinché las pelotas, hasta que un día me encerré y dije que no iba a comer más. Ahí se alarmaron", cuenta medio en serio, medio en broma. La peli nunca se hizo, y el proyecto mutó a un corto sin sonido, en el que el muchacho se acercó como nunca en la vida a la imagen de un mosquetero.
"Lo filmamos en un club de Haedo. Yo tenía una malla blanca que no me quedaba muy bien, con una pollerita corta, esas de paje, con un olor a transpiración insoportable, una peluca y un sombrero con una pluma. Era impresentable", recuerda, y cierra el capítulo con la proyección del corto en el Gaumont. "Lo que veía era un horror, y encima me acordaba del patovica que me había estado tocando el culo mientras esperaba para grabar, de los productores que se fueron con la guita a Chile, y de que mi viejo me corrió por la terraza por la plata que le había hecho perder", resume.
Pero fue alguna de esas noches, precisamente, que la esquina de Uruguay y Corrientes, donde los estafadores habían montado sede, apareció en uno de sus sueños. "El definitorio", dice él, y agrega: "Soñé que el cine Metropolitan, que estaba ahí, era teatro, y que en su marquesina estaba mi nombre en letras verdes de neón, y que, como llovía, se reflejaban en los charcos de la avenida".
Desde entonces pasó el tiempo. Hubo clases de gramática, historia o lo que fuera para ganar el mango, mucho teatro independiente, "donde aprendía como un hijo de puta", y algún intento fallido de vender terrenos o hacer encuestas. De frustraciones, ni hablar. El antídoto era "esa cosa onírica que siempre tuve de estar en un lugar y poder pensar que el lugar era otra cosa. Y esperar".
Y mientras esperaba, el país paría esperanzas, broncas, sangre, decepciones y resurrecciones. Una historia que Pinti asimiló y que empezó a contar, en 1985, en Salsa criolla, con un estilo que ya es marca registrada. Y, claro, con su nombre en letras de neón y en colores reflejadas en el asfalto porteño, como las de aquel sueño de 30 años atrás.
De estrenoEl 6 de enero estrenará en el Teatro Maipo "Antes de que me olvide", un nuevo análisis de la realidad y la historia argentina con su sello, centrado en el Bicentenario de la Revolución de Mayo.
Clarin 28 dic 09

domingo 27 de diciembre de 2009

CONFIESO QUE HE VIAJADO: Montezuma, un puntito en el mapa

Una playa escondida en el mapa de Costa Rica y la incomparable belleza de un destino natural, todavía no distorsionado por la mano del hombre.

Nito Mestre.
Músico. Fundador de Sui Generis y de Los desconocidos de siempre.

De chico me encantaba dibujar con plumín y tinta china los mapas que me pedían en el colegio. No los calcaba, copiaba de un atlas hasta el más pequeño detalle y, sentado en mi escritorio, me imaginaba cómo sería la vida y la gente que habitaba ese diminuto punto que yo trazaba. Todavía disfruto como loco con los mapas y me encanta programar itinerarios, siento que estoy de viaje antes de salir de casa; prefiero -más que ir de vacaciones- combinar las giras y shows con un tiempo libre para conocer los lugares a los que me lleva la música.

Hace unos años fui a tocar a Costa Rica con mi amigo Toto Oses, que vive allí. Tenía unos pocos días libres entre un show y otro y él me ofreció su casa en Montezuma, una playita diminuta sobre el Pacífico. No hay rutas ni caminos para llegar, es una zona agreste entre el océano y la montaña a la que se accede sólo por medio de un taxi aéreo que sale de San José de Costa Rica. Todo bien, pero la avioneta era un piojo y parecía una osadía treparse. Valió la pena, y ya desde el cielo recordé los mapas de mi infancia: está el puntito ése, que se iba ampliando y aparecía el lugar. El aterrizaje fue otra prueba de coraje: no había aeródromo. El "avioncito-piojo" descendió sobre una estrecha carretera que sale desde la playa y se detiene justo unos metros antes de besar o morir aplastado contra la montaña.

La casa de mi amigo queda en la punta de un cerro y se llega a caballo o en jeep. A falta de éstos, quedan las piernas por la cuesta selvática de color verde radiante. En la subida se escucha el canto de infinitos pájaros que acompañan el rugido del mar; los monos, muy tranquilos, se asoman y chillan entre el follaje. Pura música. No fue difícil llegar, y al rato el refugio de Tito me regaló su esplendor desde la galería: lo que se ve no entra en una foto. ¡Son 360 grados de naturaleza virgen!

Algunas casitas de madera pintadas de colores, agrupadas entre la selva, forman el pueblo: es mínimo, con la estructura elemental para que funcione, y todo el mundo anda en patas o a caballo. Sonaba una banda en la calle -siempre hay alguna- y me acerqué. Entre los músicos estaba el padre de River Phoenix, que vive ahí. Los pobladores son súper relajados y amistosos, muchos son extranjeros y tienen pinta de hippies viejos salidos de Woodstock. Los turistas también, la mayoría son artistas que buscan un lugar hermoso y cero consumo. En las playas no hay paradores, sólo algunas chozas de madera con cañas donde sirven jugos de frutas naturales y mariscos, no se ven carteles de publicidad y la belleza del lugar es increíble. Me la pasé caminando. Por la playa se llega a la desembocadura de un riacho que viene de la montaña y cae en una cascada de agua dulce a unos enormes piletones de piedra volcánica que se unen con el mar tibio en una bahía, un placer total. Fueron pocos días tan lindos que cuando llegué a Buenos Aires le propuse a Pamela, mi mujer, que fuéramos, quería que lo conociera porque sabía que le encantaría. Organizamos con Tito otro concierto y volvimos, juntos, a ese puntito maravilloso, casi secreto, como el de mis mapas.
Viajes y turismo Clarin 27 dic 09

MUNDO LOCO: Una que no sepamos todos

Pablo Lozano
Músico.

Estábamos invitados a un gran festejo en Colonia Tirolesa, un pueblito de la provincia de Córdoba. El anfitrión era un gran amigo, el "Pipi" Orelo, y llegué justo para la hora del asado. Entonces, me encontré con una docena de hombres con las manos resecas que empinaban, una y otra vez, sus vasos desbordantes de vino tinto hacia sus gargantas, más resecas aún. Según afirman en aquellas tierras, el vino adormece los músculos pero enciende una chispa que se encuentra guardada en la memoria del "ser cordobés" y hace estallar estruendosas carcajadas por los originales comentarios.
Pero volvamos a lo nuestro: luego de la comida llegó la hora de la música, y formamos entonces la rueda de rigor donde la guitarra empezó a circular de mano en mano.
En el ágape había hombres de los más variados oficios, y entre ellos, se destacaba "el gordo" Mafi. Precisamente, cuando llegó mi turno de cantar, el gordo Mafi empezó a pedirme con insistencia que interpretara Candombe para el Negro José. Como no me la acordaba, me hice el distraído y seguí con mi repertorio, mientras el gordo Mafi seguía repitiendo hasta el hartazgo "¡Cantate el Candombe para el Negro José!". Fastidiado, por no decir enfurecido, le aclaré: "La verdad, no me acuerdo los acordes de ese tema". Su respuesta no la olvido jamás: "¡Y qué importa! Si nosotros tampoco nos acordamos...".
Viajes y turismo Clarin 27 dic 09